-Lavado y relax, por favor-dije nada más entrar por la puerta y colgar mi anorak negro de una percha.
-Espera unos minutos corazón, que están los lavabos todos llenos-contestó la mujer y se marchó para continuar a lo suyo.
Tomé asiento en uno de los sillones que había junto a unas mesas llenas de revistas femeninas. Noté un sentimiento repulsivo hacia todos aquellos montones de papel que sólo servían para acomplejar más y más a millones de personas y, lo peor era que sólo lo hacían por dinero.
-Ya puedes pasar, cielo-me puse la bata y me dirigí hacia los lavabos.
A mi izquierda una señora entretenía a sus alrededores contando toda su vida. Intenté dejar mi mente en blanco para relajarme. Cerré los ojos. Los volví a abrir. Suspiré. ¿Por qué rayos no conseguía desconectar un poco? En lugar de calmarme, me comía más la olla.
Mientras la peluquera me masajeaba suavemente la cabeza, mi mente trabajaba a 200 por hora. Aún tenía que avisar de que D. estaba mala, ocuparme de mi primera clase de H.M., corregir unas armonizaciones y mirar las dos obras de violín. Luego tenía que estudiar una obra de p.c. y la Cavatina di Norina de Donizetti para la audición esa de abril. Para colmo, el fontanero no había llamado ayer, así que hoy tocaba dejarle las cosas bien claras. Y creo que no hace falta comentar que tenía que hablar urgentemente y en privado con M.B., que esperaba noticias importantes de Mami, que seguía buscando un tema para el concurso y que tenía que aprenderme de memoria las obras para el concierto del viernes de Murajazz. Por no hablar de terminar los disfraces y buscar un regalo para Cc., cuya fiesta ya era el sábado.
Lo peor era que aún me sentía culpable por no haber llamado a Pat el pasado domingo. Claro que la conversación con P.D. fue de lo más importane y ya sé que él me necesitaba...pero le había dicho a Pat que lo llamaría y, aunque este probablemente no estuviese cabreado, había estado esperando en vano y eso me fastidiaba. Además, ¿no podría ser que esta vez también yo necesitaba a alguien a quien contarle lo que tanto me acojonaba?
-Ya puedes levantarte, cariño-la peluquera envolvió mi cabeza con una toalla y me acompañó a los asientos delante de los espejos para peinarme.
Volví a suspirar. Lo superaría. Todavía no sabía ni cuándo ni cómo, pero sabía que lo iba a conseguir. Ví mi rostro en el espejo y sonreí. "¡Claro que voy a seguir adelante! ¿Acaso no lo había conseguido ya miles de veces?"
jueves, 25 de marzo de 2010
miércoles, 3 de marzo de 2010
NEGRITO...
Probablemente creeréis que estoy loca por dedicarle una entrada a un violín. No os lo negaré, porque no puedo demostrar lo contrario, pero eso a mí me da igual, porque no es un violín normal del que voy a hablar. Negrito es mucho más que eso: es ... ¿cómo decirlo? Creo que lo mejor será empezar por el principio, como siempre.
A Negrito:
Desde el primer momento supe que iba a ser más que una simple experiencia. Nada más abrir el estuche, te descubrí bajo el paño en el que dormías. Luego te cogí en brazos, minuciosamente, como una madre coge a su primer hijo recién nacido. Tu color negro brillaba, a pesar de que no llevas ya mucha laca. Tu olor a madera (¿y un poco de acero?) tranquilizó todos mis sentidos hasta que nació una paz dentro de mí, que no sentía desde hacía tiempo, mucho tiempo. Tu cuello, tu caracola, tus efes, tu cuerpo ... todo en tí era diminuto, ligero y fino, como las manos o los piececitos de un bebé.
Acaricié suavemente tus cuerdas antes de coger el arco y tensarlo para tocar. Las primeras notas sonaron desafinadas, no esperaba otra cosa. Tardé una eternidad en afinarte, al menos a mí me lo pareció, no podía casi contener mis ansias de oírte. Finalmente tus cuatro cuerdas estaban más o menos afinadas, me levanté y te posé entre mi hombro izquierdo y mi barbilla.
Y entonces sucedió. La cabina estaba llena de música. Sonaron escalas, sinfonías, conciertos ... un poco de Paganini, un poco de Rosaura ... un fragmento de Bruckner, otro de Haydn ... de pronto ya no hubo notas desafinadas, ni arcos mal colocados, ni digitaciones fuera de lugar. Éramos uno y no hubo mejor forma de mostrarlo que la propia música que, desde lo más profundo de mi alma, llegaba hasta tu cuerpo y llenaba todo el espacio con amor y fuerza.
Pocas veces he vuelto a tener el placer de acariciar tus cuerdas con mi mano izquierda y posar mientras el arco sobre ellas. Despedirme de tí fue duro, pero tengo fe en la bondad de tu dueña, de modo que te esperaré con la paciencia de una niña enamorada. Y, mientras espero, dejaré que las últimas notas que escuché de tí me cubran y me envuelvan de felicidad.
A Negrito:
Desde el primer momento supe que iba a ser más que una simple experiencia. Nada más abrir el estuche, te descubrí bajo el paño en el que dormías. Luego te cogí en brazos, minuciosamente, como una madre coge a su primer hijo recién nacido. Tu color negro brillaba, a pesar de que no llevas ya mucha laca. Tu olor a madera (¿y un poco de acero?) tranquilizó todos mis sentidos hasta que nació una paz dentro de mí, que no sentía desde hacía tiempo, mucho tiempo. Tu cuello, tu caracola, tus efes, tu cuerpo ... todo en tí era diminuto, ligero y fino, como las manos o los piececitos de un bebé.
Acaricié suavemente tus cuerdas antes de coger el arco y tensarlo para tocar. Las primeras notas sonaron desafinadas, no esperaba otra cosa. Tardé una eternidad en afinarte, al menos a mí me lo pareció, no podía casi contener mis ansias de oírte. Finalmente tus cuatro cuerdas estaban más o menos afinadas, me levanté y te posé entre mi hombro izquierdo y mi barbilla.
Y entonces sucedió. La cabina estaba llena de música. Sonaron escalas, sinfonías, conciertos ... un poco de Paganini, un poco de Rosaura ... un fragmento de Bruckner, otro de Haydn ... de pronto ya no hubo notas desafinadas, ni arcos mal colocados, ni digitaciones fuera de lugar. Éramos uno y no hubo mejor forma de mostrarlo que la propia música que, desde lo más profundo de mi alma, llegaba hasta tu cuerpo y llenaba todo el espacio con amor y fuerza.
Pocas veces he vuelto a tener el placer de acariciar tus cuerdas con mi mano izquierda y posar mientras el arco sobre ellas. Despedirme de tí fue duro, pero tengo fe en la bondad de tu dueña, de modo que te esperaré con la paciencia de una niña enamorada. Y, mientras espero, dejaré que las últimas notas que escuché de tí me cubran y me envuelvan de felicidad.
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