-Lavado y relax, por favor-dije nada más entrar por la puerta y colgar mi anorak negro de una percha.
-Espera unos minutos corazón, que están los lavabos todos llenos-contestó la mujer y se marchó para continuar a lo suyo.
Tomé asiento en uno de los sillones que había junto a unas mesas llenas de revistas femeninas. Noté un sentimiento repulsivo hacia todos aquellos montones de papel que sólo servían para acomplejar más y más a millones de personas y, lo peor era que sólo lo hacían por dinero.
-Ya puedes pasar, cielo-me puse la bata y me dirigí hacia los lavabos.
A mi izquierda una señora entretenía a sus alrededores contando toda su vida. Intenté dejar mi mente en blanco para relajarme. Cerré los ojos. Los volví a abrir. Suspiré. ¿Por qué rayos no conseguía desconectar un poco? En lugar de calmarme, me comía más la olla.
Mientras la peluquera me masajeaba suavemente la cabeza, mi mente trabajaba a 200 por hora. Aún tenía que avisar de que D. estaba mala, ocuparme de mi primera clase de H.M., corregir unas armonizaciones y mirar las dos obras de violín. Luego tenía que estudiar una obra de p.c. y la Cavatina di Norina de Donizetti para la audición esa de abril. Para colmo, el fontanero no había llamado ayer, así que hoy tocaba dejarle las cosas bien claras. Y creo que no hace falta comentar que tenía que hablar urgentemente y en privado con M.B., que esperaba noticias importantes de Mami, que seguía buscando un tema para el concurso y que tenía que aprenderme de memoria las obras para el concierto del viernes de Murajazz. Por no hablar de terminar los disfraces y buscar un regalo para Cc., cuya fiesta ya era el sábado.
Lo peor era que aún me sentía culpable por no haber llamado a Pat el pasado domingo. Claro que la conversación con P.D. fue de lo más importane y ya sé que él me necesitaba...pero le había dicho a Pat que lo llamaría y, aunque este probablemente no estuviese cabreado, había estado esperando en vano y eso me fastidiaba. Además, ¿no podría ser que esta vez también yo necesitaba a alguien a quien contarle lo que tanto me acojonaba?
-Ya puedes levantarte, cariño-la peluquera envolvió mi cabeza con una toalla y me acompañó a los asientos delante de los espejos para peinarme.
Volví a suspirar. Lo superaría. Todavía no sabía ni cuándo ni cómo, pero sabía que lo iba a conseguir. Ví mi rostro en el espejo y sonreí. "¡Claro que voy a seguir adelante! ¿Acaso no lo había conseguido ya miles de veces?"
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