miércoles, 3 de marzo de 2010

NEGRITO...

Probablemente creeréis que estoy loca por dedicarle una entrada a un violín. No os lo negaré, porque no puedo demostrar lo contrario, pero eso a mí me da igual, porque no es un violín normal del que voy a hablar. Negrito es mucho más que eso: es ... ¿cómo decirlo? Creo que lo mejor será empezar por el principio, como siempre.

A Negrito:
Desde el primer momento supe que iba a ser más que una simple experiencia. Nada más abrir el estuche, te descubrí bajo el paño en el que dormías. Luego te cogí en brazos, minuciosamente, como una madre coge a su primer hijo recién nacido. Tu color negro brillaba, a pesar de que no llevas ya mucha laca. Tu olor a madera (¿y un poco de acero?) tranquilizó todos mis sentidos hasta que nació una paz dentro de mí, que no sentía desde hacía tiempo, mucho tiempo. Tu cuello, tu caracola, tus efes, tu cuerpo ... todo en tí era diminuto, ligero y fino, como las manos o los piececitos de un bebé.
Acaricié suavemente tus cuerdas antes de coger el arco y tensarlo para tocar. Las primeras notas sonaron desafinadas, no esperaba otra cosa. Tardé una eternidad en afinarte, al menos a mí me lo pareció, no podía casi contener mis ansias de oírte. Finalmente tus cuatro cuerdas estaban más o menos afinadas, me levanté y te posé entre mi hombro izquierdo y mi barbilla.
Y entonces sucedió. La cabina estaba llena de música. Sonaron escalas, sinfonías, conciertos ... un poco de Paganini, un poco de Rosaura ... un fragmento de Bruckner, otro de Haydn ... de pronto ya no hubo notas desafinadas, ni arcos mal colocados, ni digitaciones fuera de lugar. Éramos uno y no hubo mejor forma de mostrarlo que la propia música que, desde lo más profundo de mi alma, llegaba hasta tu cuerpo y llenaba todo el espacio con amor y fuerza.
Pocas veces he vuelto a tener el placer de acariciar tus cuerdas con mi mano izquierda y posar mientras el arco sobre ellas. Despedirme de tí fue duro, pero tengo fe en la bondad de tu dueña, de modo que te esperaré con la paciencia de una niña enamorada. Y, mientras espero, dejaré que las últimas notas que escuché de tí me cubran y me envuelvan de felicidad.

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