martes, 16 de noviembre de 2010

Un domingo estupendo...

Ya se acercaba cada vez más el frío. Me di cuenta cuando, después de dejar las llaves en el escritorio de mi habitación, me saqué el anorak y las botas gruesas.
Había sido un día precioso: por la mañana mucho trabajo y concentración en coro (a pesar de ser domingo) y por la tarde aquel reencuentro tan maravilloso. Parecía cierto: cada vez que una puerta se cerraba o que algo en mi vida llegaba a su fin, aparecía una novedad. Esta vez había sido más bien un reencuentro con viejas amistades. Pero, a pesar de que era gente ya conocida, nunca había cerrado del todo ese capítulo. Este domingo tenía algo mágico. No supe decir si era por el Samaín, el reencuentro con viejos amigos o simplemente la lluvia que caía despacio y fría, cubriendo las calles cual fino manto de otoño.

¿Qué hacer primero? ¿Ponerme las zapatillas de danza? Pero...¿sin música? Enchufé el iPod a la mini-cadena (sí, aunque parezca mentira, no tengo altavoces propios para el pobre chico) y acto seguido la habitación se llenó de energía positiva. Nada más ponerme las zapatillas comencé a dar vueltas y vueltas, con los brazos abiertos, como si fuera a abrazar a alguien. Me sentía tan ligera que parecía que en cualquier momento iba a despegar y volar por los aires...
Canté alegremente, mientras mis pies seguían el ritmo de la canción. Sí, tal vez aún era una niña, pero al menos era humana, sabía lo que quería, me defendía y luchaba por ello. Y, lo más importante: era total y completamente feliz. ¿Qué más podía pedir?

No hay comentarios: